miércoles, 28 de noviembre de 2007

Nada y así sea.


Yo quisiera ser Julio Borges o Diosdado Cabello y amanecer con todas las certezas. Sentirme de un lado o de otro con la verdadera satisfacción de estar haciendo lo correcto. Mirarme al espejo y que no me invada ninguna duda; que no me aniquile el quebranto de quien me opone y ante él tenga la respuesta precisa, exacta y contundente.
Quisiera poder sentirme, en todo caso para que el anhelo no se vuelva ambición desmedida, como el difunto Aldemaro Romero quien creía que Rosales era un exitoso y honesto gobernante, con una conducta cívica y democrática, que de tanto civismo ni se sentía, lo que siempre me hizo recordar lo que aprendí en bachillerato sobre Raúl Leoni, no tanto por lo de honesto, sino por eso de "no sentirse". O como Paul Gillman que piensa que como el movimiento rockero es revolucionario, todos los rockeros de este país están con el chavismo, a cuenta de pelo largo, chaquetas de cuero y franelas con la cara del Ché.
Quisiera tener esas certezas y con una de ellas, ir a votar.

Las cartas están echadas y ganará el SÍ. Ganará por quienes leyeron la propuesta y se identificaron con ella, plenamente; por quienes no la leyeron, pero darán su voto una vez más a Chávez como síntoma de su ferviente fe; por quienes tampoco la leyeron pero darán el voto a Chávez, no por fe sino por miedo o conveniencia; por quienes la medio leyeron y darán el voto a Chávez para no perder su voto; y por quienes aún leyéndola, aún en discordia con ciertos artículos, le darán su voto a Chávez por un asunto de lealtad infinita tal vez no al mismo Chávez, sino al proceso.
Por todos ellos, ganará el SÍ.
A favor del NO estarán los que leyeron la Reforma y encontraron fundamentos válidos para oponerse. Votarán también, y éstos serán la mayoría, los que adversan a Chávez, y como es su propuesta, esto hace de ella algo inservible, que según sea la naturaleza del opositor ha leído mediana o completamente. No es de extrañar pues esta ha sido la postura que ha caracterizado las acciones de la mal llamada Oposición.
Así, el escenario que puedo imaginar, pasado el tiempo de los berrinches de la Oposición, sus viajecitos a la sede de la OEA, a Washintong y hasta a la mismísima Santa Sede, sus lloraderas y mariconerías de siempre, lo que imagino en fin, es un éxodo gigante, que ni los judíos cuando era la moda perseguirlos.
Todo aquel que pueda marcharse del país se irá a donde pueda vivir como lo había hecho hasta ahora. Para los que se queden porque no puedan o por razones sentimentales, este será el más nefasto y profundo suplicio que les tocará vivir. Luego de lo cual, también pasado el tiempo, el panorama será otro y ya las excusas no existirán para que funcionen medianamente las cosas.
El asunto llevará años y el tan ansiado sueño por fin se verá cristalizado. Con Chávez o sin él, ojalá el pueblo madure políticamente y sepa comprender que la revolución es un proceso en constante evolución y crecimiento, al que hay que nutrir para que se sostenga, para que no se envicie y se vuelva un asco, y que si para eso se precisa salir de Chávez, darle paso a nuevas consciencias, pueda hacerlo sin los menores culpas posibles, porque por encima de la vigencia de un hombre está la permanencia de los logros, sobre todo aquellos que se consiguen a fuerza de llevar muertos encima y a fuerza de llevar tanto carajazo.
No he de ver probablemente la cristalización de los sueños que soñamos todos.
Quién sabe si mis hijos. Pero egoístamente desde aquí, desde mis incertidumbres más profundas y hasta a veces dolorosas, quiero darle al pueblo la razón en su inocencia. En su inocencia bien entendida con las que acompaña sus decisiones.
Y quiero decirle a Chávez que ha vuelto a ganar, que no defraude a esta gente que ha sido más que incondicional con él; que se cure su egocentrismo y que entienda que nosotros no somos los que giramos en torno a él, muchas veces contradictorio, muchas veces errático, sino él quien debe girar alrededor de nosotros o más bien, al mismo tiempo que nosotros.
Que cierre las puertas de la casa. Y que diga: ahora sí, hermanos. Vamos a limpiar la casa, vamos a ordenarla. Vamos a hacerla digna, habitable, generosa. Vamos a inventariar: echemos a la basura cuanto no nos sirva, derribemos los muros y paredes que nos separan de la Justicia y echemos abajo todo lo que nos ha retrasado. Que hoy comienza nuestra vida, que el objetivo es la equidad, la hermandad y “la mayor suma de felicidad posible” es la recompensa a todo nuestro esfuerzo. La labor es de todos: manos a la obra. Construyamos la Patria. Empecemos de una vez por todas.
Ojalá sea así porque este país, debe ser mi hastío o un mal presagio, no aguanta una ELECCIÓN más. Una reiteración más de lo que no ha funcionado, a sabiendas que no iba a funcionar, porque el asunto era sacar de raíz el cáncer, doliera a quien le doliera.
Este país no aguanta una excusa más para postergar lo impostergable, una reforma más, sea a la Gramática de Bello o a las formas de apareamiento entre los tucusitos de Cojedes.
No aguanta una marcha más, ni un inocente más muerto, ni una consigna. Ni esta plaza es mía y aquella es tuya. Ni aguanta más unas Instituciones que siempre están de vacaciones.
Llegamos al llegadero.
Así sea, Amén, porque este país no aguanta más ni un “por ahora” ni otra cita de un pensamiento de Bolívar que no sea la (Patria) nuestra es la madre de todos los hombres libres y justos, sin distinción de origen y condición.