jueves, 3 de enero de 2013

Pido salud para Chávez


  

     Escribo este artículo a sólo una semana de la toma de posesión del presidente Chávez. Pensaba hacer unos comentarios de un texto que he leído  este diciembre,  pero no hay nada que ocupe más mi atención, y sé que la de muchos, que no sea la enfermedad del presidente. Al respeto, son muchas las especulaciones que los medios de comunicación han hecho. Algunos han dicho que está agonizando, otros sin más ni más,  lo dieron por muerto. Ningún médico tratante ha dado declaraciones al respecto, sólo los más allegados a Chávez han descrito su situación delicada pero estable; el más optimista, Maduro, ha dicho que en el paciente prevalece  una férrea voluntad hacia la vida. Pero no sabe nada con certeza. Pareciera que ellos mismos ignoran su verdadero estado de salud, pareciera que es grave, muy grave, a juzgar por la cara de tristeza de los que estuvieron en la misa oficiada en Caracas para pedir por su recuperación. Como todo lo que rodea a Chávez tiene carácter  de cosa popular  y por ende de sorpresa y asombro, las manifestaciones del pueblo no se han hecho esperar: raperos, cantantes de hip-hop,  joroperos; poetas, escritores,  gente común, han  manifestado sus sentimientos, amén de los innumerables mensajes de texto que nos llegan al teléfono invitándonos a hacer cadenas de oración por  la salud del Primer Magistrado. No dejan de asombrarme estas cosas y con ese asombro me he encontrado una vez más preguntándome qué tiene Chávez, qué hay en él que hace que millones de personas, creyentes y no tan creyentes dentro y fuera del país, se aferren hoy más que nunca a su Dios, a las Vírgenes, o a una imagen cualquiera, para arrodillarse y poner entre esa imagen y él, ese  único deseo que ferviente les sale del corazón: Dios,  haz que mi Presidente sane. Hay cosas que la Historia oficial no podrá explicar jamás. No sabe cómo, no tiene el lenguaje  para describir este sentimiento, no se puede echar mano del lenguaje científico, supuestamente objetivo, de la Historia para explicar tanto. Su lenguaje servirá para dar cuenta del Chávez que nació en Sabaneta en 1954, que dio un golpe de Estado en el 92 y que fue presidente entre 1999 y X fecha; con él se enumerarán las obras que se hicieron durante su gobierno, y probablemente en Google encontraremos que en lugar de gobierno diga dictadura. Pero la Ciencia no podrá evaluar lo que realmente significa el presidente. De decir quién es o quién era, se encargará el imaginario popular. Únicamente su léxico sabio podrá dar con la expresión exacta para significarlo a él, y en torno a su ser, describir la devoción, la cándida devoción que le ha profesado en todas sus circunstancias. De hecho, ya lo está haciendo en sus coplas, en su reggaeton, en sus rapeos, en sus versos y en sus oraciones. De modo que el verdadero Chávez, si ha de estar preso entre las páginas de un libro, será en el de la poesía del pueblo.
 ¿Qué tiene Chávez, aparte de una enfermedad estúpida?  Me lo sigo preguntando. Lo hice la noche del 31 en que por primera vez  hice el ritual de las uvas y mi primer deseo, fue por el restablecimiento de su salud. Lo hago  ahora  que observo cómo el corazón de la gente se abre en tan colorida gama de sentimientos que bambolean entre el cariño ingenuo o fiero, la solidaridad y  la gratitud. Lo hago  cada vez que mi hijo Horacio me consulta, como si yo fuera el Oráculo de Delfos o una Adriana Azzis cualquiera, en torno a  si creo que Chávez  mejorará.  Me lo pregunto en este instante en que entre mis manos tengo un pedazo de papel teñido de rojo, que pegado a los restos de un globo, encontré en mi jardín el primero de enero y que decía “pido salud para Chávez” Y la respuesta es tan simple como nada. Porque, si nos ponemos a ver,  por fortuna, nada hay de deidad, ni de héroe, ni de superhombre en él. Nada. Chávez es como cualquiera,  suda, se enfurece, se equivoca,  acierta, se vuelve a equivocar,  Chávez va al baño… y todos sabemos que defecar no es exactamente asunto de dioses… El Presidente se voltea para ver “un culito” como dicen mis alumnos, dice chistes malos, espeta groserías, grita, eructa…
O a lo mejor es justamente eso, haber comprendido que Chávez es tan común y tan humano como nosotros; que él es el rostro ordinario, alegre o sufrido, de todos nosotros. ¿Quién no reza por uno de los suyos?   Pero si existe alguna otra respuesta probablemente ésta tenga que ver con un recuerdo que tengo de la niñez. Estaba muy triste, no sé porqué tan triste, en un rincón del solar, y mi abuelo fue, se agachó a mi lado, y me pasó la mano por la cabeza. Sólo con ese gesto me dijo cuánto me quería, sólo ese gesto me ayudó a levantarme. Eso  hizo Chávez. Pasó la mano por la cabeza  a quienes no tuvimos otra realidad que no fuera la tristeza de vivir en medio de tanto abandono y de tanta mierda. Y nos ayudó a levantarnos… lo  cual sería suficiente  para entender que en el cielo del 31 de diciembre, no sólo uno, sino  decenas de globos pudieran haber llevado a las estrellas estas palabras tan nuestras: “pido salud para Chávez”