martes, 11 de septiembre de 2007

SALVADOR ALLENDE…ALLENDE, SALVADOR

“…para vencer al hombre de la paz
y acallar su voz modesta y taladrante
tuvieron que empujar el terror hasta el abismo…”


Hoy se recuerdan dos fechas importantes en la historia: el derrocamiento de SALVADOR ALLENDE, (Chile, 1973) y el "atentado a las Torres Gemelas, en Nueva York" . De este último se ha comentado más que suficiente. Desde que sucedió, hace 6 años, el mundo entero no deja de recordarlo. Por lo cual me reservaré cualquier comentario. De lo acontecido en Chile, el conjunto de hechos que ocurrieron y que terminaron con el sueño socialista de ese país, de eso, la prensa de este país ha hecho alguno que otro comentario. Las portadas, los grandes titulares, las fanfarrias, la solidaridad de estos medios, son para las benditas torres ardiendo. Como si ese dolor nos fuera más legítimo, más natural que el otro, como si lo que pasó en Chile nos fuera ajeno, extranjero, como si no pudiera alcanzarnos a nosotros el sentimiento de un pueblo humillado tan hondamente por el Imperio.
Cinco años atrás estuve para esta fecha en Santiago. La noche de hoy la recordaré siempre porque la ciudad tenía una quietud extraña, yo paseaba en horas tempranas de la noche y se oían estallidos y se veían barricadas ardiendo. Pero ya para lass 11 de la noche, recuerdo tener ante mis ojos la figura del Estadio Nacional y el silencio era roto por explosiones fuertes y estrepitosas... cercanas y lejanas. Por sectores quitaban la electricidad y la gente se guardaba en sus casas, el frío intenso y las velas, eran la compañía.
De ese viaje maravilloso, tengo un millar de cosas que decir. Pero con la indignación de sentirme siempre extranjera en esta tierra en la que lo GRINGO es lo primero, prefiero dejar esto que escribí al llegar de mi viaje para quien quiera leerlo.

A SANTIAGO

Visité Santiago de Chile cuando aún la cubría el frío del invierno. No sé cómo no tiembla con tan bajas temperaturas, se queda más bien quietecita como si esperara que alguien tuviera la amabilidad de arroparla. Pero en cada mañana, la ciudad estira sus brazos, bosteza con la delicadeza de una reina y se levanta cual espiga hacia la aurora. Debajo de la modernidad de sus nuevas edificaciones se puede advertir que hubo alguna vez una ciudad cándida, tradicional, que como una muchacha de 15 años muy bien podía vestirse de delicados trajes para tomar el té de las 5 de la tarde. Me la imagino entonces femenina y blanca, cubierta de casas de portales altos y ventanas de hierro, que tenían por trabajo “el poético deshojar del tiempo que bajaba por sus tejas”. No apabullaron esos edificios modernos la belleza de aquellos construidos antes. Supieron convivir juntos como novios de nacionalidades distintas. Y junto a los primeros, como un riguroso y resplandeciente recuerdo, emerge poderosa, la certera síntesis de una manera de vivir, de embellecer la vida, que son al fin y al cabo esas edificaciones hechas en épocas más viejas. Pienso entonces que, en contraste con estos nuevos transeúntes, que van a prisa, que se guardan del extraño, que cabalgan en sus pensamientos diurnos como una forma de asirse al mundo, por aquellas calles empedradas, con menos afán, caminaban los santiaguinos, daban los buenos días, y que uno que otro posiblemente tenía la preocupación de perder el último tranvía. Y no los culparía, ha de ser que se quedaban mirando enamorados, como yo, la majestuosidad de la Cordillera que rodea a la ciudad y que ahora se me antoja como una prolongación pura y maternal de los vestidos con que ella se viste ¿En qué pensabas entonces, cuando eras una niña con los ojos de cielo, de cuyos bostezos salían las palomas para adornar el firmamento? ¿Qué sueños tenías cuando de noche te tendías sobre el mundo para contar toditos los luceros? Ahora que eres tan hermosa, que como una reina delgadísima y pálida caminas erguida sobre la faz del mundo, ahora que has parido flores, poetas y algún que otro bandido, que has conocido el dolor de la injusticia, ¿en qué piensas? ¿qué te dice el tiempo que te crece en los cabellos? ¿qué te dice que te quedas mirando el mundo con ojos de terciopelo? ¿Qué te dice?
En estos momentos que te miro desde lejos entiendo porqué Pablo te preguntaba cuándo te casarás conmigo Patria, cuándo por fin te casarás conmigo con ojos verdemar...
Y ahora que lo menciono, y por esa cuestión de los amores prometidos, a todas estas, no sabría precisar si a mi querido Pablo lo parieron las entrañas de ese bastón de tierra a quien baña el océano Pacífico, o si Chile no es más, y sencillamente, que los primeros versos, el primer verbo, la primera exclamación, que brotaron de su corazón enamorado y que al apuñarlos entre sus dedos y la arena del mar se vertieron como luceros caídos a su orilla. ¿Es posible que, y como en un cuento de hadas, se hayan casado finalmente? ¿Es posible?
Lo es. Y por eso mis amigos que dejé allá, como presumo deben ser los que no pude conocer, son hijos de la poesía y del amor que navega como niño eterno en los múltiples barcos de la casa de Isla Negra.

Hoy que te miro desde aquí, me doy cuenta, no sin sentir que he perdido algo valioso, de que no pude ver el cielo que te cubre cuando es de noche, pero alguien que me quiere me ha confiado que en estos días en que ya no llueve, una estrella enorme reina en el firmamento, escoltada por otras luces menos refulgentes. Me gustaría mirar ese cielo que ya cansado de albergar nubes pesadas de agua, resplandece abierto a los ojos de quienes se acuerdan de ver para arriba, de quienes apuntan al cielo cuando quieren rememorar los sueños, las esperanzas. Tengo la sensación de que allí de noche, hay tantas y tantas luces parpadeando, que parecieran montadas sobre los techos de las casas y que algunas, de pronto algunas, lucen como a punto de caerse. Yo viví de niña en un pueblo así y pensé que de grande alcanzaría esas estrellas con sólo alzar mis brazos. Y a lo mejor estaba en lo cierto, pero la sensatez no me ha dejado siquiera intentarlo. Así debe ser el cielo nocturno que cubre el cielo de Santiago cuando se ha desembarazado de todas las lluvias del mundo.
Desde aquí y por mi recuerdo, he llegado a tu plaza principal, he caminado muy de noche por tus calles empedradas nuevamente. Quise estar a solas contigo, caminar a tu lado en el instante imposible en que nadie te transita, en el que guardas a tus hijos todos. Me he detenido frente a La Moneda y con cierto orgullo me he dado cuenta de que si alguna vez de este lado del mundo, en estos tiempos, alguien dio la cara por el honor, la justicia y la vida, lo hizo allí, en ese edificio donde pareces guardar tu corazón valiente. Allí, en sus calles empedradas y en otras menos mencionadas por la historia oficial, muchos creyeron que era un deber luchar por un ideal. Muchos de tus hijos, como pequeños Aquiles descalzos, corazones de águilas quebrantando las tinieblas del oprobio, derramaron su amor en nombre de toda Latinoamérica. Por eso no dejo de pensar que tú eres el propio rostro, ojeroso tal vez, sufrido probablemente, pero altivo y hermoso, de toda esta parte del mundo donde nos tocó nacer. Por eso tú eres, humanizada en Salvador Allende, el nombre que a veces le doy a la nobleza.
He llegado a tu plaza principal en esta distancia. Es verdad que todos se han ido a sus casas. Y yo he encontrado en mi camino, esparcidos por el viento, los pétalos de amor que se desprenden de tus ojos cuando tú nos miras. Tú mirándome, tú, ciudad encantada, la mirada misma; tú, los ojos más abiertos del mundo, tus ojos, los míos, los de todos. Tú intentando dar luz a las tinieblas desde siempre y yo allí, sentada en cualquier banco de alguna esquina de tu alma, eres como un pedazo de pan puesto al alcance de mi pobreza, y me he imaginado que soy parte de tu casa, un mueble, un árbol, una taza de té, o un calendario que dice que eres joven, bella y generosa. Tal vez sea yo el óleo de una mujer que mira la Patria que se mira sus pies mojados por el mar de Valparaíso, un cuadro irrepetible colgado en una de las paredes de tu pecho. No lo sé...
Mientras caminaba por tus calles, dejé olvidados unos besos completamente a propósito. Ojalá besen tus ojos y por ello, ojalá desde la distancia vuelva a alcanzarme tu mirada. Y vuelva a encontrar en ella a la gente que me ama, a mis amigos que dejé, ofreciéndome el tesito, acariciándome la vida cuando pronuncian mi nombre con los buenos días. Ojalá…
Cuando estuve allá, subí a unas montañas desde donde una Virgen te contempla y por alguna razón que aun no advierto, hoy que he vuelto a recordarte, he querido estar tomada de su mano.