
Sería para finales del siglo XIX o principios del XX cuando Pedro Emilio Coll escribió su célebre cuento “El diente roto” No se trata de una joya literaria, pues el cuento en sí apenas soporta un análisis literario bastante modesto, pero tomando en consideración las casualidades de la vida, lo traigo a colación. Esta es la historia de Juan Peña, un niño sumamente inquieto, que a los doce años en una de sus tremenduras se le partió un diente. De “inquieto” Juan pasó a ser un niño retraído, con la mirada ausente, ida, que lo único que hacía era acariciar su diente con la lengua. La familia preocupada y consternada por el cambio tan radical que se operó en el niño, decidió llamar al médico quien después de revisarlo aseveró: Juan está tan sano como una manzana y le tengo buenas noticias, señora, su hijo sufre de lo que se llama hoy en día el mal de pensar. En otras palabras, su hijo es un filósofo precoz. La noticia corrió por todas partes, Juan se hizo famoso por ser un niño prodigio, creció y llegó a ser diputado, académico y ministro hasta que lo sorprendió la apoplejía cuando estuvo a punto de ser “coronado” Presidente de la República. Murió, luego de lo cual fue objeto de honores y puesta en cada plaza una imagen para honrar la memoria de aquel portento.
Estas cosas, la verdad, uno no creería pero suceden. Acaso Pedro Emilio Coll haya sido, más allá de escritor y político, un visionario, una especie de Nostradamus criollo, y haya echado una mirada al futuro, justo a este 2009 tan convulsionado que no cesa de sorprendernos. Porque es que no hay foto mejor pintada de Manuel Rosales que esta que esbozó Coll hace ya tiempo.
Y es que uno observa a Rosales cuando los periodistas lo entrevistan y uno tiene la impresión de que dentro de su boca cerrada, él se está acariciando el diente con la lengua. Uno ve como él entorna sus ojos hacia arriba, y uno jura que está pensando para responder, pero después confirma la desgracia cuando Manuel intenta una cordura, un principio gramatical simple, un sujeto y un predicado elemental, del tipo “mi mamá me ama” y eso lo logra a duras penas pero, como decía, se confirma la desgracia: no, no estaba pensando. No hay la posibilidad de que eso pueda ocurrir porque no se le pueden pedir peras al horno, para citar una de sus máximas.
Si uno le pregunta a Manuel el porqué de su tranquilidad habiendo tanto cartelito por ahí con su foto que dice “se busca”, Manuel responde, entornando sus ojos, que su caso es simplemente una persecución política de Chávez. Si uno le pregunta que cómo responderá a los cargos que se le imputan, él sigue respondiendo que eso es persecución política. Sujeto “eso”,”es persecución política” predicado Si uno le pregunta de qué color es el mar, Manuel responde exactamente lo mismo. Manuel se rasca el diente roto con la lengua, entorna los ojos. Balbucea. Y dice: persecución política. Esa fue la frase que se aprendió para estos tiempos y esa es la que él repite y repite como un eco. La gente lo aplaude siguiendo uno de los principios del manual de la política de este país. No existe ninguna posibilidad de que este caballero pueda conferirle el tono trágico a su situación; no existe ninguna probabilidad de que Manuel Rosales se dé cuenta de que si él no está preso desde hace 7 años, por lo menos, no es porque él sea inocente sino porque a este gobierno no le ha dado la gana. Manuel se sigue rascando el diente.
Está acusado de varios crímenes, principalmente de enriquecimiento ilícito y desvío de fondos del Estado. O sea, Manuel Rosales sufre de ese grave problema, típico de los políticos venezolanos: le encanta llevarse lo ajeno, comprar inmuebles lujosos, haciendas y fincas con dinero que no es suyo, lo que traducido al lenguaje cotidiano es: si Manuel está por ahí, ni se le ocurra dejar cerca la cartera, porque es un peligro. Manuel Rosales , está acusado hasta de haber ordenado la crucifixión de Cristo, (¡María purísima!) y de ser quien disparara el arma que le quitó la vida a Antonio José de Sucre que en paz descanse, y él como si nada. Cualquier mortal estaría más que preocupado pero Manuel sólo voltea los ojos y se soba el diente roto con la lengua.
Todo este tiempo me la he pasado preguntándome cómo fue que este ciudadano pudo llegar a ser dos veces Gobernador del Zulia, cómo fue que se convirtió en Alcalde de Maracaibo y cómo fue que pudo fundar un partido político un ser al que Dios privó de pensamiento. Tanto reventarme la cabeza, yo que hasta pensé que el tipo era un lingüista y hasta orgullosa una vez soñé con que la Real Academia de la Lengua nos enaltecería nombrándolo su miembro honorario. Tanto pensar para qué, si Pedro Emilio Coll ya lo había explicado todo: Rosales fue un niño prodigio, un filósofo precoz, una lumbrera del pensamiento al que la Oposición en pleno ovaciona, defiende, aclama y si nos descuidamos tantito, terminará coronando como rey de todo el universo.
¡Qué suerte tan perra!


